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El cuento de una Cenicienta pop: de cómo una chica maltratada por su padre y sus compañeros edita sus Grandes Exitos… a los 27 años.
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http://www.si.clarin.com/2008/12/19/home/01824867.html
Se supone que un año de vida canina corresponde a siete de vida humana. Mientras voy al encuentro de Christina Aguilera se me ocurre que podría haber un índice de crecimiento exponencial similar para estrellitas pop rubias diminutas. ¿De qué otra manera puede explicarse que a los 27 años ella lance un disco de grandes éxitos? ¿Acaso no es el tipo de cosas que hacen los artistas que envejecen para recordarles a sus fans una era dorada antes de que el tiempo y la mala alimentación los arruinaran?
Aguilera parece haber nacido con el tipo de precocidad que haría que Shirley Temple parezca una retrasada. A los 6 años se presentaba en shows locales. Su primera aparición televisiva, como concursante en la serie Star Search, fue dos años después. A los 12, era conductora del New Mickey Mouse Club (entre sus compañeros se encontraban Justin Timberlake, el actor Ryan Gosling y otra rubia, Britney Spears). Tenía 17 cuando lanzó su primer single, Genie in a Bottle, que llegó al número uno… Eso significa que, si bien le faltan tres años para cumplir los 30, tiene casi 20 años de experiencia profesional: “Algunas se dedican a sus Barbies”, dice ahora: “Yo me dediqué al micrófono”.
Christina no tenía una familia que se copara con la industria del espectáculo. Su padre, Fausto, era ecuatoriano y sargento del ejército de los Estados Unidos. Su madre, Shelly, era profesora de castellano. Aguilera tuvo una infancia itinerante, dado que la familia se trasladaba de una base militar a otra. El padre la maltrataba, tanto verbal como físicamente. La pareja se divorció cuando Aguilera tenía 6 y se mudaron a la casa de su abuela, en Pittsburgh. Allí empezó a cantar como una táctica de evasión: “Cuando era chica había mucha violencia en mi casa, de modo que creo que abracé la música como una vía de escape”.
La experiencia le dejó una huella indeleble. La llevó a decidir que ninguna otra mujer debería sufrir la misma experiencia, por lo que dona ropa y dinero a un refugio para víctimas de la violencia doméstica. También la llevó a construir un fuerte mecanismo interno de defensa. En varias ocasiones, sus ojos se vuelven impenetrables y cae en clichés en lugar de expresar lo que piensa. Dice que hay cosas que son “bendiciones”, que sus temas son como “hijos míos” y que “el tiempo vuela cuando una se divierte”. No es que quiera mostrarse difícil o no revelar nada, sino que parece costarle mucho confiar en la gente. Cuando le hago una pregunta al respecto, vacila por primera vez: “Bueno. tengo mis momentos de timidez e introversión.”
En parte, eso deriva de haber sufrido el rechazo de otros chicos que no la entendían (el día que las gomas del auto de la familia aparecieron cortadas, decidieron mudarse): “Me despreciaban porque no había forma de que pudieran relacionarse con lo que a mí me gustaba hacer. No es normal que un chico quiera estar ante las cámaras y en el escenario”. Hace una pausa y recorre la habitación con la mirada: “Esa era mi manera de liberarme y me sentía muy rara por ello”.
Como la mayor parte de las grandes divas, con los años Christina se hizo fama de caprichosa. En sus recitales exige velas L’Occitane de vainilla y botellas de agua mineral Fiji a temperatura ambiente. En persona, sin embargo, no parece ni remotamente una diva. Está sentada en el sofá y se disculpa por estar un poco cansada por los viajes en avión. ¿Su fama de exigente es producto de un deseo de controlar su entorno? “Sí, creo que debe tener que ver con eso, porque crecí en un ambiente muy caótico. Siempre nos estábamos mudando. Debe tener alguna relación con mi gusto por el orden y por hacer las cosas a mi modo. Soy una maniática de la organización. Todo está etiquetado y tiene su lugar.”
Su trayectoria fue objeto de la misma minuciosidad y decisión. Si en un primer momento se la vendió como una clásica rubia tonta (el video de Genie in a Bottle mostraba a la adolescente que bailaba sobre un auto rojo), en el 2002 su disco Stripped causó escándalo por su descarado contenido adulto. El video de Dirrty la mostraba envuelta en cuero y bailando en un ring de boxeo. “Fue como alcanzar la mayoría de edad, me liberé de todas las inhibiciones”, recuerda. Pero como otras estrellas redimidas, la tanga que usó para el clip quedó archivada cuando se casó con el productor musical Jordan Bratman… enfundada en un vestido de Christian Lacroix. La pareja tiene un hijo llamado Max Liron (”es una combinación de latín y hebreo que significa ‘nuestra mejor canción’”) y ella se sacó todos y cada uno de sus doce piercings “como muestra de respeto”. Si eso no es amor, no sé qué otra cosa pueda serlo.